02 junio 2011

EL DISCURSO ELECTORAL, EL MAL RADICAL Y EL FASCISMO. NOTAS SOBRE HANNAH ARENDT

En su “Diario Filosófico” Hannah Arendt se plantea la cuestión del ”mal radical”, tema cargado de consecuencias políticas del mayor relieve si nos proponemos reflexionar nuestra realidad presente ad portas de las elecciones presidenciales.
Para analizar la idea de “mal radical” Arendt recuerda que Kant, al tratar sobre las reglas de la guerra, ya había subrayado que en una confrontación bélica, para siquiera imaginar la paz con el enemigo en un futuro, resultaba indispensable no actuar infligiendo un daño que no debía infligirse de ninguna manera.

El “mal radical” es para Arendt aquel daño o injusticia que jamás debió cometerse, y sobre el que no caben el perdón, la reconciliación, la venganza ni la indiferencia. Para catalogar un acto de “mal radical”, se deben tomar en cuenta aspectos como el ejercicio perverso del poder, las circunstancias de las víctimas, los mecanismos utilizados para materializar el “mal radical”, el sufrimiento físico y emocional que ocasiona, etc.

El marco conceptual que ofrece Arendt, nos parece importante, pues esta filósofa, de las mayores que tuvo el siglo XX, dio origen a una de las mejores obras escritas acerca del totalitarismo, del fascismo que le subyace, y de la aniquilación de las instituciones democráticas y de los derechos humanos que son su consecuencia. En este lugar, tales reflexiones nos servirán para hacer un repaso del discurso en la campaña electoral y del papel que juegan en él los medios de comunicación.
A lo largo de la campaña, y sobre todo en la segunda vuelta electoral, se observa en la prensa, en casi la totalidad de los medios de comunicación, una defensa incondicional de la candidatura de Keyko Fujimori. El discurso de los medios no sólo se constriñe a valorar las propuestas de su candidata, se trata de una demolición del oponente. Pero esta demolición resulta del todo incongruente e inaceptable a quien tiene un sano sentido común.

Los medios de comunicación utilizan como argumento de fondo la tendencia de izquierda de Humala, la cual es destrozada sin contemplaciones sin interesar si se trata del cuidado de las cuencas de agua, de la agricultura, o de la vida. El discurso de los medios de comunicación, que es sin ambages un discurso de ultraderecha, abusa de la posesión de los medios de información, al extremo de tener secuestrada a la ciudadanía, la que pasivamente y sin procesarla asume como cierta la propaganda del fujimorismo.

De manera abierta, inequitativa y vergonzosa, la derecha acapara el protagonismo que le otorgan los medios; su discurso se hace hegemónico porque la izquierda no cuenta -excepción hecha de algunos diarios y periódicos- con ninguna posibilidad para manifestar sus planteamientos. Es más, la defensa de Humala ha tenido que ser asumida incluso por algunos liberales decentes para mantener vigente su candidatura.

Tal es la arremetida de la derecha. Con ello, la descalificación de la propuesta de izquierda, ha quedado santificada. Humala ha sido atacado además por otras cuestiones: se muestra como aberrante le planteamiento de revisar contratos suscritos por el gobierno sin consulta popular previa. En estos contratos cuya revisión planteaba Humala, no se toma en cuenta la pérdida de recursos vitales como el agua o la agricultura, tampoco el desplazamiento de pueblos enteros. Todo ello supone la comisión de crímenes a los que la derecha denomina “progreso”. Se ataca a Humala igualmente por su intención, ya no sólo de convocar una asamblea constituyente que nos libere, por fin, de la constitución de 1993, sino también por plantear, ya modestamente, reformas en ella. Los medios de comunicación y la derecha consideran a esta constitución, hecha vigente a través del fraude, como sacrosanta e inamovible.
Todo lo anterior resulta no sólo antidemocrático, aviene a una forma fascista de Estado, tanto más si el gobierno actual forma parte de la campaña, en la que los medios de comunicación se han convertido en el aparato de propaganda de la opción perversa encarnada por el fujimorismo y la derecha.

Lo anterior visto en el contexto mundial, quizá no debiera escandalizarnos tanto, porque cabría pensar que tanto la prensa como el gobierno actual, lo que hacen es seguir las instrucciones de poderes económicos y políticos que se les tornan irresistibles, es decir, que su actuación obedece a la fuerza de poderes subterráneos sobre los que no cabe decir no, cuando se tiene un talante genuflexo.
Pero la situación no queda ahí, ya de suyo grave. El problema es que el discurso que se ha venido utilizando en la campaña política, tanto por Fujimori como por la prensa que lo avala, resulta sumamente peligroso para el pueblo peruano, porque la trivialización de crímenes horrendos cometidos por el fujimorismo, no sólo por Alberto Fujimori quien declarado culpable purga condena, sino por todo su entorno, constituyen el “mal radical”, aquello que Kant advertía como eso que jamás debió pasar.

Keyko Fujimori, en su discurso, ha pedido “disculpas”, no perdón, “disculpas” por los “errores cometidos”, pero aquí no cabe que el pueblo peruano “disculpe”, o perdone el “mal radical”. Tampoco podríamos reconciliarnos con el fujimorismo porque mataron peruanos inocentes, de manera premeditada y con todas las agravantes que los asesinatos de la Cantuta y Barrios Altos suponen. Humillaron a las víctimas, a sus familiares y con ellos a todo el pueblo peruano al entregar en cajas de cartón recicladas los restos de las jóvenes víctimas. Es lo que la misma Arendt, analizando a los nazis llamó “la banalidad del mal”, que llevada a sus extremos fue protagonizada por el padre de la ahora candidata, cuando posó pisando los cadáveres de los emerretistas que fueron ultimados en la Embajada de Japón. A eso llama Hannah Arendt “mal radical” y “banalidad del mal”, al ejercicio de poder perverso, a la reificación de lo más sagrado que tenían los familiares de las víctimas, a la humillación que acompañó todo aquel espectáculo macrabro que nos hicieron padecer sin siquiera sonrojarse.

“Mal radical” y “banalización del mal”, también hubo en la esterilización de más de trescientas mil jóvenes mujeres peruanas gran parte de ellas jóvenes campesinas naturales de zonas de extrema pobreza de la sierra peruana. Aquellas jóvenes fueron en el mejor de los casos víctimas del engaño y de la argucia, en otros se recurrió al chantaje y se las obligó a someterse a una cirugía que cortaba definitivamente su posibilidad de reproducir la vida, todo ello sin el consentimiento de las víctimas. Fujimori, la candidata, apela, para ganar votos, a su condición de mujer y de madre, sin recordar que en el régimen del que ella formó parte, se cometieron estos crímenes horrendos, es decir, “el mal radical”, y que si ella, joven también en aquel entonces, como “primera dama de la nación “ como gusta recordar su situación en aquel momento, se hubiera sometido a la esterilización, jamás hubiera podido decirse madre.

La prensa, haciendo gala de un cinismo jamás visto en una sociedad civilizada, trivializa toda la truculencia de las masacres, de los innumerables “males radicales” sobre los que no cabe el perdón, la venganza, la reconciliación, ni el pasar de lado sin mirar. Su miopía o su cinismo se materializa con su menosprecio a la inteligencia: ¿Qué otra cosa es sino oponer como argumento de los Fujimori (padre e hija que al cabo es lo mismo) en contra de Humala, las cosas más absurdas frente a tamaños crímenes cometidos por el fujimorismo?. Que si quiere cambiar la constitución “abominable” (calificativo que le da un destacadísimo constitucionalista a la constitución bastarda, aquella que no es reconocida por el Perú de los demócratas como suya), pues eso, es un sacrilegio para los medios; que si se plantea revisar los contratos y establecer impuestos a las sobreganancias de las mineras, pues eso, es un crimen para la ultraderecha; que si Humala puso “grupos beligerantes” en un texto sacado de su contexto, eso es tener “contemplaciones con los terroristas”. Toda esta actitud de la prensa en el Perú, se llama empatía con quien cometió crímenes horrendos, con quien materializó el “mal radical”, con quien “banalizó el mal” e infligió sobre el pueblo peruano, la más dura, la más radical de las ofensas, que jamás haya padecido a lo largo de su historia republicana.

Ahora bien, el fujimorismo no sólo cometió estos crímenes horrendos en los que ejercía el bio poder, que quedó convertido en “males radicales” y en la “banalización del mal” hasta extremos inconcebibles; están también todos aquellos otros crímenes de los que la prensa no habla: el tráfico de armas, con las armas robadas al Ejército peruano que Montesinos, Fujimori y una banda preparada por ellos, hacían llegar a las FARC (hay que recordar el tema de las corbatas idénticas), el tráfico de estupefacientes y las prebendas y chantajes a todo un contingente de “notables” periodistas, autoridades, dueños de medios de comunicación, etc., todos ellos corrompidos por el dinero o por el miedo.

En suma, el pueblo peruano fue sometido a abusos y humillaciones sin precedentes y la prensa esclava, esa que ha sido cosificada, va camino de cometer ”males radicales” en serie. Está pasando a la Historia, como un colectivo de canallas, pues nos está colocando, en tanto pueblo, en el peligro de entrar en una espiral fascista que puede no tener retorno.